Si no te apetece levantar el culo para conseguir "Simpatía por el relato", desde ahí, desde casa, también puedes hacerlo, también puedes pedir tu antología y te costará lo mismo que en las tiendas, porque no cobramos gastos de envío. www.drakul.es
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15 ene 2011

BSO. Un cuento de Patxi Irurzun



Lo recuerdo. Recuerdo aquel disco de Platero y Tú, sonando una y otra vez en la vieja furgoneta de Josema. Recuerdo las botellas en la cocina de Maider, allá en Beasain, de par de mañana. Recuerdo a Body Count en los bares de macarras. Las botellas de sidra en el gaztetxe de Ordizia. Los marianitos con Patxi.  Y a Silvia, paseando el perro, de gau-pasa. Recuerdo el beso que nunca me atreví a darle, el olor a hierba de su pelo, la carta que le escribí, el dibujo que ella hizo en su respuesta. Recuerdo que nunca volvimos a saber el uno del otro. Recuerdo a María tirada en mitad de la carretera de Leitza. A Alphablondy en la playa de Carraspio. Recuerdo a Mikel tiritando la noche que llegamos, en taxi, después de que la furgo de Iñigo se quedara tirada bajando Lizarrusti. Cómo le dejé mi chupa, mientras miraba de reojo las cicatrices de su cara. Recuerdo que nunca condenaron al hijoputa que le disparó el bote de humo a un metro de distancia. Lo recuerdo dándole una y otra vez la vuelta a la cinta de Patagonia, el día de la madre de todas las borracheras, allá en Lekeitio. Recuerdo muy bien aquel verano loco y alcohólico.
Recuerdo "Esta es una noche de rocanrol", de Barricada, en casa de Alfredo, como paseábamos por Villava persiguiendo a dos chicas de las que, una vez que las encontrábamos, nos escondíamos, muertos de vergüenza.
Recuerdo aquel concierto de reaparición de La banda Trapera del Río en Arrasate. A Mintxo, bebiendo vasos de leche, y a todos los camellos que le entraban justo entonces, que había ingresado en Proyecto Hombre. Recuerdo a Josema meando por la ventanilla, mientras conducía a toda hostia y en el loro sonaba AC/DC. Recuerdo aquel concierto en Barcelona. Y aquel trompo volviendo de un concierto de La Polla en Aoiz después de que las novias nos dejaran a los tres a la vez. Recuerdo a Los Calis, y a Sabina, mientras Migueltxo conducía por carreteras oscuras e interminables de la Ribera, en silencio.
Recuerdo la voz rota y desesperada de Janis Joplin en los walkman, aquel día de reyes que me extirparon el tumor. Recuerdo a todos los amigos que vinieron a verme al hospital.  Y el cuaderno en el que empecé a escribir "Cuestión de supervivencia", que entonces se titulaba "La virgen puta". Recuerdo las cintas de Metallica que me dejaba Mikel, el pelos, en aquel  turno de noche de 12 horas en la fábrica, justo antes de que cayera enfermo.
Recuerdo los bares jevis del casco viejo de Iruña con Yoli. Y aquellos besos interminables en el Kayak. Recuerdo a los Red Hot Chili Peppers en el asiento de atrás del coche. Recuerdo "Solidaritiy " aquella canción lenta de los Angelic upstars, que yo sabía que era un presagio. Recuerdo que la oí el día que cumplí 19 y conocí a Maite. Recuerdo los caracoles azules de su pelo, su sonrisa, su culito respingón, sus celos enfermizos, las llamadas a casa. Recuerdo lo valiente y lo fuerte que era. Recuerdo cómo la esperaba a la puerta del supermercado, muerto de frío, oyendo a Sanchís y Jocano. Recuerdo "Críme nes perfectos", de Calamaro, y pienso en todas las otras chicas que nunca llegué  besar, Cristina y la pupa de su nariz,  Nerea y sus hermosas cartas...
Recuerdo a Baldin-Bada en el Bar Lacalle de Jarauta. Los empujones. El olor a cerveza y serrín. Los pelotazos de la policía contra la persiana. Las miradas cruzadas de punta a punta de la barra. Aquella rubita de primero, en Irubide,  que apoyó su cabeza en mi hombro mientras Gari cantaba "Aitormena",  lo bonita que era y lo joven que me parecía, a mi que ya estaba en tercero. 
Recuerdo a Belladona en un concierto de Aste Nagusia, en Donosti, mientras dormíamos en la playa y la gente nos tiraba botellas, nos llamaba "piesnegros". Recuerdo el sabor del colacao con agua, y el calor de las rejillas de los aparcamientos...
Me recuerdo a mi mismo tumbado en el cuarto, a oscuras, otra vez Calamaro  "Otra vez a brindar con extraños". Recuerdo a toda la gente que ha pasado por mi vida, recuerdo las fábricas, la universidad, los euskaltegis, los fanzines...  Gracias a la música, lo recuerdo todo.

Patxi Irurzun

Este cuento forma parte de "La polla más grande del mundo y otros 69 cuentos". Patxi Irurzun. Baile del sol (2007)

20 nov 2010

CARNE CRUDA y simpática

Fue el sonido de la puerta del baño al cerrarse lo que marcó el comienzo del momento esperado durante toda la cena.

Hasta entonces sólo miradas de lujuria que conversaban lascivas por encima de los platos, los alimentos y la incómoda presencia de la mujer que no quería entender esos juegos.
El ruido del agua escupida desde el grifo y el choque de la vajilla en el fregadero eran los cómplices perfectos para los actos de dos gatos silenciosos que evitan ruidos delatores ante los oídos de madera, los oídos del papel higiénico, los oídos del jabón lavanda.
Demasiado tiempo perdido intentando disimular el nerviosismo por no saber cuándo llegaría la oportunidad esperada... Él saltó de la silla y en el eterno camino de metro y medio soltó su correa y preparó su capullo por encima del pantalón casi a la vez que ponía tu vestido un palmo y medio por encima de los riñones dejando a sus ojos deleitarse con la visión de tus nalgas cortadas por el tanga granate.
Agarró con cada mano los costados de ese minúsculo color y estiró hacia arriba hasta enredar sus uñas en tus pezones y la polla y los huevos tan pegados a ti que puedes notar sus pelos. Pelirrojos…
Los pezones, el agua, las uñas, el estropajo, los huevos en tu culo, los vasos, la polla, los restos de comida pegada en los platos.
Media vuelta y las lenguas se enzarzan en una pelea de salivas y chupadas de dientes, paladares, dientes, muelas, dientes, labios. Labios no. Más adentro.

La mano del dedo anular izquierdo juega con su orificio y la mano derecha sube y baja a lo largo de su polla en rápidos viajes. Antes de que explote sabes parar y sólo con la punta de la lengua dibujas suaves círculos en la punta de su capullo.

Totalmente deshecho sólo tiene manos para tus pechos y dedos para pellizcar los pezones armados de dureza...
El ruido de la cisterna es la señal instantánea para volver a colocar de manera rápida cada prenda en su sitio y cada cuerpo en su lugar. La puerta se abre y el estropajo vuelve con sus raspaduras a separar la comida del plato. Mientras terminas la fregatina, ellos intercambian el humo de sendos cigarros.
Uno intentando en bajar en tiempo record la temperatura de la sangre que enrojece la cara y la otra, ajena a que la protagonista de la masturbación cuando caiga vencida por el sueño, serás tú...


Enrique Villareal, "El Drogas" de Barricada se despacha a gusto en este relato que ha incluido en la primera antología de cuentos escritos por roqueros que se publica en España: SIMPATÍA POR EL RELATO,(Drakul Ediciones), que hoy hemos presentado con algunos de sus protagonistas:
Carlos Pina (Radio 3 y PANZER), Juan Abarca (MAMÁ LADILLA), Agnes (LILITH), Kike Suárez (KIKE BABAS Y LA DESBANDADA), Antonio YESCA, Eduardo García (LUTER) y Daniel Sancet (INSOLENZIA), a los que han acompañado los culpables del delito, los escritores amantes del rock, Patxi Irurzun y Esteban Gutiérrez "Baco".
Pero hay más: Julián Hernández de SINIESTRO, Rubén y Leiva de PEREZA, Kutxi Romero de MAREA... e incluso éste que os escribe quien, como todos los anteriores, se dejó liar para esta historia por dos razones: por la gente que participa y por el fin para el que se ha hecho.
Todo que se venda del disco irá a parar a dos organizaciones no gubernamentales humanitarias: un comedor social de Pamplona y la Asociación para la Cooperación con el Pueblo Saharaui "Río de Oro" de Fuenlabrada (Madrid).
Nosotros te proponemos que nos escribas tu propio microrrelato, con menos de 70 palabras, entre las que tienes que incluir sexo, drogas, rock&roll y boniato, de forma no consecutiva. Los mejores recibirán una FLAMANTE CAMISETA DE CARNE CRUDA…
También queremos pedirte que nos recomiendes otros libros de roqueros o biografías, para completar una biblioteca musical…

Sigue el post aquí: http://blogs.rtve.es/carnecruda/2010/11/18/simpatia-el-relato


Y escucha el programa aquí

19 oct 2010

PARDAO






PARDAO




Otra ciudad solitaria. Otra tarde solitaria. Busca unos soportales que le protejan de la fina lluvia que cae eternamente. Saca la guitarra de su funda. Comienza a afinarla. La gente lo mira deprisa, de soslayo, con extrañeza, con incomprensión, sin parar. Contempla los adoquines mojados que reflejan el miedo y empieza a cantar.

Otra noche solitaria. Otra botella vacía. La lluvia de noviembre tamborilea sobre el cartón que vela sus sueños. Entre las últimas risas y las toses de la mañana, entre los zapatos que se arrastran y los taconeos rápidos del alba, entre la incomprensible línea que separa los días logra dormir.

No es demasiado joven para llorar, ni demasiado viejo para abandonar cuando una mujer le deja tirado. No es demasiado joven para mentir, ni demasiado viejo para preocuparse cuando piensa en su futuro.

Sabe lo que quiere hacer. Hace lo que quiere. Viaja de ciudad en ciudad. Se deja llevar por los camioneros que marcan su destino. Canta. Canta canciones de desamor, canta a amores perdidos, canta saudades con aroma a musgo que guarda dentro de su alma. Vive así. Sin tomar una decisión. Confía en su hado.

A veces piensa que debería cambiar. Dejar las carreteras solitarias, las otras nuevas ciudades solitarias. A veces mira las ciudades que deja atrás como los marineros miran el puerto que abandonan. A veces tiene, y no lo sabe, nostalgia.

No es demasiado joven como para soñar, ni demasiado viejo como para olvidar cuando intenta recordar donde está la línea de salida. No es demasiado joven como para darse cuenta, ni demasiado viejo para apresurarse cuando piensa en cambiar de vida.

Mientras tanto sólo quiere viajar. De ciudad en ciudad. Sintiéndose libre como un Dios. Con el aire golpeándole en el rostro. Cantando canciones tristes. Solo. Al borde de la carretera. Mojado. Con el dedo al aire y su guitarra detrás.


Texto: Esteban Gutiérrez Gómez

(otra versión del "Ride on" de AC/DC + "Pardao" de Los Suaves)

Foto: Sara Bubois, 2009 (Gracias)

19 sept 2010

BESSIE SMITH Y EL DIABLO. Un cuento de Patxi Irurzun



El cielo se asemejaba a una enorme y lánguida vagina desperezándose tras una calurosa tarde de sexo mercenario y alcohol clandestino, al cual Bessie, agazapada tras un matorral, ofrecía la suya, elevándole los vapores de su orina. Durante horas no había podido, no le habían permitido entrar en ningún lavabo y al final su acompañante tuvo que detener el coche junto a un descampado. Desde donde se encontraba podía escuchar los carraspeos enfermizos del motor, confundiéndose con remotos rayos y truenos que un repentino viento arrastraba desde aquel horizonte violado.

Cuando terminó, coincidiendo con uno de los relámpagos, un pequeño escalofrío le recorrió la espalda como una culebrita de hielo. La ginebra le quemaba por dentro pero se derramaba gélida por los miles de diminutos volcanes que le habían erupcionado en la piel. El corazón sudaba debajo de su lengua.

Contuvo las nauseas, se subió la ropa interior e intentó volver a la carretera sin tambalearse. Ella era una dama. Tal vez no pudiera entrar en sus blancos lavabos pero no hacía mucho ellos se peleaban por abrirle los retretes ciegos de sus almas para que los desatascara con sus canciones.

El coche esperaba junto a un polvoriento cruce de caminos. En los carteles de madera carcomida se leía: Cohaoma. Ante ellos se cruzaban enormes bolas de maleza enredada. Parecía que en cualquier momento fuera a aparecerse el diablo.

-Piérdete, muñeco- le diría entonces Bessie.

Los clubs en los que ella actuaba se abarrotaban, y en la calle el tráfico se embotellaba, la ciudad, el pais entero se colapsaba, caía rendido ante su voz limpia y enérgica, como de otro mundo hermoso y mejor, tal vez el mismísimo infierno. Ella no necesitaba vender su alma al diablo a cambio del don del blues.

-Vámonos- dijo Bessie, al subir al coche-. Me parece que va a caer el diluvio universal, papi.

Por un momento había olvidado el nombre de su acompañante. Por su vida habían desfilado decenas de hombres. La mayoría le habían traicionado, pero quizás aquel fuera un hombre bueno, porque ahora no tenía nada; o quizás no: todavía le quedaba su garganta.

En realidad ya le daba igual.

Cerró los ojos y dejó que el traqueteo del coche adormilara su borrachera. Soñó que era niña y patinaba sobre un enorme campo de algodón.

De repente su cuerpo se desequilibribaba, y se escuchaba un estruendo metálico, cristales crepitando, finalmente un silencio sepulcral, sólo roto por el hormigueo de la lluvia goteando sobre chapas desvencijadas.

-Ay, papi ¿qué ha pasado?

-Este cacharro, se ha vuelto loco... Ni siquiera a los coches les gustamos los negros en este Mississipi del demonio. ¿Estás bien, reina?

- No. Creo que me he arrancado un brazo.

Un hierro afilado, en efecto, había desgarrado el antebrazo de Bessie, como si fuera el de una muñeca de trapo. La sangre serpenteaba hasta su mano y se confundía con el esmalte de sus uñas, pero ella no sentía su caricia helada, ni era capaz de controlar los movimientos de los dedos.

-Sácame de aquí, papi- imploró.

Tenía miedo.

Bessie cantaba con su corpachón sinuoso, de pechos caudalosos y anchas caderas, inmóvil, aunque cualquier leve movimiento, un requiebro de su muñeca en el aire, resultaba insoportablemente voluptuoso, un regalo añadido a su voz milagrosa.

No quería perder el brazo. Cuando pensaba en él, y él no respondía, como si fuera una parte del cuerpo que no le perteneciera, la noria que hasta entonces la ginebra había hecho girar, pausada, regularmente, en su cabeza daba violentos bandazos.

-No te preocupes, nena- intentó tranquilizarla el hombre.

Comenzó a apartar los hierros retorcidos , hasta que abrió un hueco por el que introducir sus manos hasta las axilas de Bessie. Entonces estiró de ella delicadamente; es decir, con todo su alma.

De la garganta de la cantante brotó un alarido que parecía formar parte de la tormenta. El dolor empujó la noria en la que se balanceaba al corazón más turbio de ésta. Las ruedas de sus patines hacían saltar chispas, dejando tras de sí enormes bolas de fuego.

Cuando volvió en sí estaba en brazos del hombre, que caminaba renqueante bajo la intensa lluvia. Por su cara azulada zizagueaban gruesas gotas, que apartaba con sus jadeos.

-Déjame, en el suelo, papi- consiguió murmurar, al cabo de unos metros-. Si no quieres que nos descalabremos los dos.

El hombre dejó a Bessie en el camino, con los tobillos hundidos en mitad de un charco, y se dobló exhausto sobre sus rodillas. Había anudado un rudimentario torniquete alrededor de su brazo herido. Ella, al verlo, se sintió más segura y aguantó de pie.

Cohaoma, la última ciudad por la que habían pasado, aparecía espectalmentre iluminada de vez en cuando por algún relámpago, a medio kilómetro. Caminaron a duras penas hacia ella. Cuando llegaron ya había anochecido. Continuaba lloviendo, con rabia, y por las calles embarradas no vieron a nadie que pudiera ayudarles. Detrás de las persianas se adivinaban ojos que acechaban. Finalmente encontraron un dispensario. Mientras su "papi" aporreaba la puerta, Bessie se derrumbó en el escalón de entrada. Un charquito de sangre se formaba cada pocos segundos bajo su brazo. La lluvia lo arrastraba pero volvía a dibujarse, cada vez con un color más oscuro.

-Ya, va, ya va- se escuchó tras la puerta una voz malhumorada..

Apareció una enfermera vestida de blanco.

-¿Que quieren?- preguntó, más amablemente.

Pero lo hizo antes de reparar en ellos.

El hombre señaló a Bessie, en las escalera.

Ella miró a le enfermera con sus grandes ojos cuajados de la tristeza y el dolor más profundos de cualquiera de sus blues, pero la enfermera los evitó como si se trataran de los de un animal salvaje herido.

-No puedo ayudarles- dijo, cerrando la puerta.

De hecho, para ella, se trataba de eso

-¡Está herida, se está muriendo!- gritaba desesperado el hombre, aporreando de nuevo la puerta furioso, hasta que los nudillos se le despellejaron.

-Vámonos de aquí, papi, no quiero palmarla aquí, así...

Bessie consiguió ponerse de pie, sujetándose el brazo desgarrado, pero cayó desmayada sobre él.

Columnas de humo negro, sobre sus patines en llamas, cubrían el cielo, y los blancos algodonales se consumían bajo ellas. Luego, volvía a llover, y Bessie se despertaba otra vez en brazos de su hombre, bajo la tormenta, en los caminos enlodados, o en la sala de espera de otro dispensario, y siempre había una enfermera que decía:

-No puedo ayudarles.

Y entonces su hombre suplicaba:

-¿Pero no sabe quien es? Es Bessie Smith. La gran Bessie Smith. La reina del blues.

Y ellas respondían:

-Yo sólo veo una negra borracha.

Bessie murió desangrada , de hospital e hospital, en brazos de aquel hombre, sin saber que era un hombre bueno, que lloró por ella y por todo lo que moría con ella, por todos los hombres y mujeres que convertía en mujeres y hombres hermosos y mejores cuando cantaba.

Las lágrimas de aquel hombre bueno se disolvieron en la tormenta sin que a nadie le importara.

PATXI IRURZUN